sábado, 31 de julio de 2010


El más bello halago del mundo.


Siempre hay una primera vez.

La primera y única vez que lloré por mi orientación sexual fue hace exactamente 16 años. En aquellos tiempos había superado muchos problemas y ya tenía resueltos muchos asuntos internos. Precisamente aquello me había llevado a aceptar totalmente mi identidad como algo inalterable y completamente inmodificable, hecho con el que me sentía tranquilo y contento.

Aquella mañana viajaba en un bus al salir de la universidad y en el asiento anterior a mi estaba una señora con una bebita de aproximadamente año y medio, cabello negro corto, ojos alegres y grandes y graciosos cachetes. Cabe señalar que siempre me han gustado los niños pequeños. Siento debilidad por ellos y esto es correspondido. Cuando me acerco a un bebe, no puedo evitar jugar con ellos o sonreírnos mutuamente. Siempre me ha sido fácil ingresar al mundo infantil y siempre he sentido que los niños lo sienten y me permiten entrar. Esta pequeña niña no fue la excepción.

Desde que nos vimos comenzamos ese clásico juego donde me miraba, se escondía y cuando la atrapaba con la mirada reía como loca en esos tiernos y a veces chillones alaridos que siempre nos dejan totalmente babeados de ternura. Estábamos en esos juegos, cuando la madre se levantó, bajó del bus y nos despedimos con la mirada. Fue en ese momento que me di cuenta que hubiera querido ser padre, tener hijos, jugar con ellos, amarlos, enseñarles los valores que mis padres me dieron a mi, verlos crecer, protegerlos y darles todo el afecto del mundo. En ese momento me di cuenta no sería padre, que ese era el costo de elegir vivir de acuerdo a mi naturaleza y lloré discretamente en ese ultimo asiento de la línea 20 que iba desde Universitaria hasta Santa Beatriz. En ese momento no sabía que sería “padre adoptivo” diez años mas tarde, pero eso es motivo de otra historia que en esta ocasión n entra a tallar.

Margarita

Años después, ya caso olvidado el incidente, estaba en el ultimo año de la carrera de Psicología y haciendo mi internado en el Hospital de enfermedades Neoplásicas. Aquel inolvidable e intenso año pertenecía al área de psicología de dicha institución y durante las mañanas me encargaba de dar soporte psicológico a los pacientes internados por algún tipo de Cáncer y en las tardes atendía una vez a la semana a pacientes externos citados.

Fue durante el cuarto mes de internado, en que llegaron a consulta una señora de condición muy humilde y su pequeña hija de 7 años, quien se escondía detrás de la madre y rehuía mi mirada. La niña, llamada Margarita, era menudita, mucho más menuda que una niña de su edad, traía ropa casual y colitas para el cabello. Su rostro era pequeño e impresionantemente tierno y a la vez tímido pero lo que la diferenciaba de una niña que podríamos encontrar a la salida de cualquier colegio era el hecho que tenia un ojo de vidrio, el cual no tenía pupila y generaba que solo se le pueda ver un ojito blanco. Esto generado por un cáncer a la retina, lo que levó a retirar el ojo Izquierdo y ser cubierto por un implante provisional.

Por esa razón la niña era motivo de burlas en el colegio y en el barrio. La madre en el afán de protegerla, dejó de llevarla al colegio y no le permitía salir a la calle. Ambas habían acudido a la cita pues para la visita al psicólogo era un requisito previo al implante de prótesis ocular pues las cosas no estaban muy claras aún en relación a las emociones de la niña.

El dibujo

Cuando nos quedamos a solas, Margarita se mostraba muy tímida al inicio y no subía su mirada de mis zapatos. Decidí jugar y ella aceptó. Comenzamos a jugar a hablar por teléfono, luego a las escondidas y después con los juguetes de la caja de juego. A través de esos juegos pude darme cuenta que Margarita no quería que la vieran y que sufría mucho por su condición de “diferente” pero que a la vez se sentía muy mal al ser separada y alejada de los demás. Sabía que era distinta y que la gente se burlaría y la molestaría pero ella necesitaba de los demás y quería seguir jugando y conversando.

La niña que al inicio era tímida y que sólo me miraba los zapatos, terminó sacando a la niña traviesa, dulce y juguetona que había dentro. Al final de la sesión ella encontró unas hojas de papel y unos lápices de colores. Me pidió dibujar y se lo permití. Cuando me mostró su dibujo quedé tan conmovido que me faltaron palabras.

Margarita había dibujado a un hombre inmenso y en casi toda la hoja. De este dibujo resaltaban los ojos y los enormes lentes y un par de zapatos negros muy grandes. Le pregunte que había dibujado y me pregunto “ como te llamas” y le respondí que Hugo y enseguida escribió bien grande en la hoja “U-G-O” y luego le dibujo una pelota de colores.

Los psicólogos sabemos que los niños cuando dibujan lo hacen a personas con las que se identifican y por eso generalmente dibujan al padre o a la madre en las proyecciones que hacen en sus dibujos. A pesar del nudo en la garganta le pregunte que pensaba de U-G-O y me dijo que le caía bien y que le gustaban sus zapatos y sus ojitos como indicando la evolución de la relación entre los dos. Antes de que su madre se la llevara me preguntó si el dibujo estaría ahí cuando regrese y le dije que si, sabiendo que en el fondo me preguntaba si yo estaría y nos veríamos otra vez.

Siempre hay una despedida

A la pequeña Margarita la atendí dos veces mas antes de la operación y después de eso pasaron varios meses sin saber de ella. Una mañana caminaba por el jardín con la cabeza metida en como trabajar con una paciente anciana al borde de la muerte y quien posteriormente me enseñaría la más grande lección acerca de la vida que habría recibido, cuando de pronto recibí un fuerte abrazo en las piernas. Era Margarita, a quien le habían colocado el nuevo implante y aunque aun tenía los problemas de adecuación al movimiento del nuevo ojo, se le veía muy bien.

La pequeña me abrazó con mucho cariño y me dijo que me extrañaba y que ya estaba yendo al colegio y que estaba sacando buenas notas. La madre me dio las gracias y me prometió traerla de nuevo a consulta pues me dijo que Margarita se moría por regresar a jugar conmigo. Nos sonreímos y se alejó con su mamá.

Aquella mañana fue la última vez que la vi, pero atenderla hizo revivir en mi aquel afecto paternal que siempre he tenido hacia los niños y el enorme vacío que me quedó en torno a ese tema. Por otro lado, ayudarla en ese momento tan crucial para ella hasta cierto punto me ayudo a saldar esa deuda que me tenía y a comprenderme mucho mas en relación a mi forma de relacionarme con las personas.

Lo que queda

Mientras escribía este post la busqué con su verdadero nombre en Facebook y la encontré. No niego haber derramado un par de lágrimas de alegría de saber que la pequeña ya era una señorita muy guapa y alegre. Pero sobretodo me alegra saber que estuve en el momento en que ella me necesitaba y continuó su vida pero que me permití guardar el recuerdo del más bello halago que me hicieran alguna vez : aquel dibujo que me hizo en el consultorio.